sábado, 4 de febrero de 2017

Creación de Adán, Miguel Ángel Buonarroti

Si hay una obra icónica de Miguel Ángel Buonarroti ésa es sin duda el techo de la Capilla Sixtina. Y dentro de ella el momento de La creación de Adán. El artista florentino, apasionado admirador de la anatomía masculina, aprovechó el relato bíblico para hacer un manifiesto pictórico de lo que él entendía por perfección humana. Frustrado como escultor al no poder llevar a cabo el proyecto inicial de la tumba de Julio II, Miguel Ángel puso en imágenes todo aquello que no pudo hacer en mármol. Así, los ignudi que decoran el techo no son sino los esclavos que debían flanquear a las esculturas principales en la citada tumba.
Volviendo al fresco que nos ocupa, el genio de Florencia centra toda su atención en el cuerpo del hombre. Dios ya ha creado todo lo demás y ahora nos presenta a su máxima creación, la más perfecta, la que se asemeja a Él. Por esa razón no nos lo presenta en el entorno florido del jardín del Edén que podría dejar en segundo plano a Adán, sino que lo recuesta en un páramo en el que el verde y el azul son los únicos colores que nos van a indicar la tierra y el cielo.
Adán se muestra indolente, como sin fuerzas, y a punto de recibir la chispa que lo dotará de alma. Su brazo extendido termina en una mano cuyos dedos apenas se levantan, pero eso no es obstáculo para que muestre una musculatura muy poderosa. Dios Padre, por su parte, posee toda la energía dadora de vida, que se concentra en su brazo derecho, y se ve envuelto por un conjunto de seres angélicos que sostienen su peso, posiblemente porque también ha perdido algo de fuerza tras varios días creando el mundo. Entre esos seres podemos vislumbrar una figura femenina, quizás una proto Eva o más bien Lilith, la primera mujer.



domingo, 2 de agosto de 2015

Bautismo de Cristo (1440-1450), Piero della Francesca


En la pintura del Quattrocento podemos encontrar dos tendencias, una goticista y elegante, representada por Botticelli y Fra Angelico, y otra más escultórica e inspirada en el mundo del arte romano. En esta última línea tenemos, entre otros, a Andrea Mantegna, del que ya hemos analizado algunas obras en este blog, Andrea del Castagno o Piero della Francesca, el autor que hoy traemos aquí y que, si bien se le encuentra en esa tendencia más alejada de lo gótico, tiene un estilo un tanto personal, sobre todo en lo referente al tratamiento de la luz. Sin duda, El Bautismo de Cristo es un buen ejemplo de ello, además de que refleja a la perfección el carácter estático y misteriosamente silencioso que el pintor siempre plasmó en sus obras.

Centrándonos en el análisis, podemos ver que el paisaje de fondo inspirado en uno real conocido por Piero y que sirve para incluir la perspectiva, conocimiento básico que cualquier artista del Renacimiento debía controlar. La distribución de las figuras sirve también para proporcionar profundidad al cuadro al configurar cada una espacio que ocupan de manera efectiva dentro de la composición. La figura de Cristo está en el centro de la composición recibiendo de su primo Juan las aguas del río Jordán, que aparece a sus pies, y sobre su cabeza vuela la paloma del Espíritu Santo. El artista no incluye en el cuadro a Dios Padre o su Mano emergiendo entre nubes como testigo de la escena, sino a unos ángeles que miran desde el lado izquierdo el acontecimiento mientras entrelazan sus manos, posible símbolo de la concordia. Al fondo, un catecúmeno se desnuda a la espera de su turno para ser bautizado.

Las figuras están sabiamente interpretadas, obteniendo un marcado acento volumétrico gracias al ya citado empello de la luz, resaltando el aspecto escultórico y anatómico de los personajes, especialmente Jesucristo, cuyo cuerpo tiene su paralelismo en el tronco del árbol que encontramos a la izquierda. Las tonalidades no son muy vivas, al bañar las figuras con esa luz blanca y uniformemente distribuida.




sábado, 20 de junio de 2015

Cronofotografías (c.1880s), Étienne Jules Marey

La aparición de la fotografía fue toda una revolución para el mundo del Arte. Desde el rechazo inicial que los artistas hicieron de ella se pasó a usarla como un medio. De esta forma, mientras que al principio se consideraba  como algo que nunca podría equipararse a las Bellas Artes, concretamente a la pintura, después se convirtió en imprescindible para captar mejor la verosimilitud de las cosas, hacer encuadres, etc. 

En sus comienzos, la fotografía tuvo una consideración más científica que artística y dos son los personajes destacados que la usaron para analizar el movimiento haciendo uso de ella: Eadweard Muybridge y Étienne Jules Marey. Este último fue el creador de la cronofotografía. Usando la "escopeta fotográfica" se obtenía una sucesión de imágenes que captaban el desarrollo de los movimientos de una persona o animal haciendo cualquier tipo de actividad. A diferencia de los experimentos de Muybridge, cuyas fotografías eran fotogramas separados, las cronofotografías de Marey desarrollaban la acción de la figura en una misma imagen, dando lugar a un resultado más impactante, dinámico y hasta hipnótico. Este tipo de imágenes servirían de inspiración a corrientes artísticas de vanguardia del siglo XX como el Futurismo. 


lunes, 1 de junio de 2015

Atlante

El uso de la figura humana como elemento sustentante de un edificio no es algo raro. Debemos remontarnos a la Grecia clásica para encontrar el ejemplo más famoso: las Cariátides del templo del Erecteion en la Acrópolis de Atenas. Las mujeres de Caria fueron convertidas en esclavas por haber apoyado a los persas contra los atenienses en las Guerras Médicas. Por extensión, cualquier figura femenina que cumple la función de pilar o columna recibe el nombre de cariátide en recuerdo a las citadas mujeres. ¿Pero qué nombre recibe el hombre? Dos son las posibilidades: atlante o telamón. El término  atlante procede del titán del mismo nombre, también conocido como Atlas, el cual suele ser representado sosteniendo la bóveda celeste. En el caso de telamón, es el nombre que le daban a este tipo de esculturas los romanos y su origen estaría en el personaje mítico llamado así y que acompañó a Jasón y los argonautas en su famosa aventura del Vellocino de Oro.



martes, 23 de diciembre de 2014

Los ojos cerrados (1890), Odilon Redon

En los años 1890, Odilon Redon interpreta a veces en color, algunos de sus dibujos o grabados. En el comienzo de esa década pinta Los Ojos cerrados, sin duda un retrato de su esposa Camille Falte, reanudando de este modo con la composición de un dibujo anterior.

Los ojos cerrados por el sueño o la muerte, evocan el mundo interior, el sueño, la ausencia o la aparición, temas fecundos en Odilon Redon, como lo narra en Para sí mismo, su diario íntimo publicado en 1922. La extremada dilución de la pintura la convierte en casi inmaterial, dejando aparente el grano del lienzo. El busto parece flotar en un espacio que el artista deja indefinido.

Este rostro hace referencia a los bustos del renacimiento italiano del siglo XV, a los mármoles de Francesco Laurana en particular. También guarda sin duda el recuerdo del Esclavo moribundo de Miguel Ángel, mostrado en el Louvre, que había conmocionado a Redon y del que había comentado en su diario el extraño de los "ojos cerrados". Icono del simbolismo en pintura, es la primera obra de Redon que entró en las colecciones nacionales, elegida en 1904 en el taller del artista por Léonce Bénédite, el director del museo del Luxemburgo.




jueves, 11 de diciembre de 2014

Esclavo moribundo (c.1513), Miguel Ángel Buonarroti

Miguel Ángel Buonarroti siempre se consideró, ante todo, un escultor. Su gran proyecto vital fue la tumba para el papa Julio II, cuya ubicación iba a ser justo debajo de la cúpula de la nueva basílica de San Pedro. Pero casi nada de lo que el artista había proyectado pudo hacerse. La idea era tan grandiosa que hubiera necesitado varias vidas (o muchos ayudantes, con los que no contaba) para terminarla. La cantidad de esculturas que aparecen en los distintos bocetos nos dan una idea de la magnitud del proyecto y de lo inabarcable del mismo. Finalmente, la tumba, en un principio exenta, fue parietal y ni siquiera se encuentra en San Pedro del Vaticano, sino en San Pietro in Vincoli. En ella destaca el famoso Moisés y las figuras de Lía Raquel. A pesar de que el diseño inicial no pudo realizarse, Miguel Ángel dejó su frustración plasmada en los ignudi de la Capilla Sixtina, así como en varias obras que estaban destinadas a esa magnífica tumba y que quedaron repartidas por diferentes colecciones. Se trata de los famosos Esclavos, esculturas masculinas retorcidas, indolentes o rebeldes, que representan las pasiones del alma humana. Entre ellas destaca la del Esclavo moribundo. La influencia del Laocoonte, obra helenística hallada en 1506, es patente en la postura y la poderosa anatomía del joven que parece dejarse morir. 






miércoles, 27 de agosto de 2014

Ares Ludovisi (320 a.C.), Lisipo

Lisipo es otro de los grandes escultores del siglo IV a.C. El canon de sus figuras es mucho más alargado que el de Praxíteles, con lo que el resultado es muy esbelto. Una de las grandes aportaciones de Lisipo fue crear "espacio interior" en las esculturas, eliminando la frontalidad y el punto de vista único. Esto se consigue, por ejemplo, extendiendo un brazo hacia el espectador, de forma que obliga a éste a rodear la figura para observarla desde otros puntos de vista. Así ocurre con el Apoxiomenos o el Ares Ludovisi, obra aquí mostrada.